Preventorio de San José de Maipo: tres noches donde vivieron los niños de la tuberculosis
En el Cajón del Maipo, a las afueras de Santiago de Chile, está el Preventorio Infantil de San José de Maipo: el lugar donde, desde 1929, la Cruz Roja cuidó a cientos de niños de familias pobres que habían estado en contacto con la tuberculosis. Hoy guarda sus camas, su ropa numerada y sus camillas, y es uno de los lugares con más leyendas paranormales de Chile. Pasé varias noches adentro, con el investigador chileno Walter Jara, para ver si el fenómeno paranormal era tan real como dicen.
Esta investigación está en tres videos: la historia y el primer recorrido, la investigación y el sótano y la noche final.
Un preventorio, no un hospital
El preventorio abrió sus puertas a fines de 1929, por iniciativa de la Cruz Roja chilena, bajo la tutela del doctor Juan Eduardo Ostornol, su fundador y organizador, que tenía un enorme cariño por la obra y por los niños. Funcionó hasta 1992.
No era un hospital de tuberculosos. Era un preventorio: recibía a niños de escasos recursos que habían estado en contacto con la enfermedad, pero sin infección activa. A ningún niño ya enfermo o con lesiones contagiosas se lo admitía. En esa época no había forma de saber a tiempo si un niño estaba contagiado: muchas veces uno se daba cuenta recién cuando ya tosía sangre. La idea era robustecerlos antes de que la enfermedad apareciera.
Por eso se construyó lejos del centro de Santiago, en plena montaña. En 1937 se inauguró una ampliación y el lugar llegó a atender a unos 200 niños. Los pabellones tienen ventanas por todos lados, y las camas, un tope de madera para mantenerlas separadas de la pared: todo pensado para la ventilación.
Cómo vivían los niños
Para ingresar, el niño tenía que tener entre 6 y 10 años, porque los más chicos todavía no sabían vestirse solos. Al llegar pasaba por el pabellón de recepción: lo anotaban en el libro de ingreso, lo bañaban, le cambiaban toda la ropa por el uniforme del establecimiento y quedaba un tiempo en observación antes de unirse a los demás.
El día estaba medido: levantarse a las 7:30 en invierno, lavarse con agua templada, desayunar y hacer ejercicios de respiración y gimnasia al aire libre, juegos y carreras hasta el almuerzo, que se servía bajo los árboles en mesas de a seis. Después, media hora de reposo obligatorio, cada uno en su silla numerada. Comían tres veces al día, algo casi imposible para una familia pobre de esos años, muchas con diez hermanos o más. De noche dormían con la ventana abierta, una luz chica de emergencia y la inspectora general en la pieza de al lado.
Todo tenía número. La ropa, los pijamas, las frazadas: el número indicaba el pabellón, y cada niño sabía qué era suyo. En los baños, los lavatorios están a distintas alturas según la edad, y las niñas más grandes cuidaban a las más chiquitas: les decían "las mamitas".
Y estaba la parte triste. Las familias eran de comunas lejanas y llegar costaba carreta o un tren que no podían pagar. Había niños de seis años a los que nadie venía a ver en meses, mientras otros recibían visita el fin de semana.
¿Torturaban niños acá?
En el recorrido aparece una silla con correa, y más de un "investigador" dijo que en el preventorio se torturaba a los niños. Según el guía, no hay nada de eso: personas que se atendieron ahí en los años 40 dieron su testimonio, y lo que cuentan es lo contrario, que estaban agradecidas. La correa probablemente servía para sujetar a un niño muy chico en una silla de adulto, o a uno que no quería tomar el remedio. Hay que mirar esa época con los ojos de esa época.
Parte 1: la historia y el primer recorrido
El preventorio hoy no está abandonado: se mantiene y se recorre. Y conserva cosas que en otros lugares desaparecieron: camillas originales para trasladar enfermos, sillas de ruedas de la época, el sillón del dentista, la mesa redonda donde se reunían los benefactores, fotos de 1937 con los niños, la única cama entera que queda, y muebles que al abrirlos están llenos de ropa, sábanas y cubrecamas de esos niños. Más que lo paranormal, lo que me pegó fue eso: te metés en la historia de esos chicos y es imposible no empatizar.
Por todos lados hay caramelos. No son decoración: los dejan como desencadenante. Como se cree que hay mucha energía infantil, cuando hay una interacción se deja un dulce como premio, como un gesto de confianza.
Lo que más se cuenta del lugar son niños que se escuchan correr y jugar, sobre todo en las escaleras y los pisos de arriba, y la leyenda de que la inspectora general sigue cuidándolos, para que nadie los moleste.
Parte 2: la investigación y el sótano
Ya de noche, con Mel Meter, Spirit Box SB7, cámaras infrarrojas y varios equipos más, empezamos a investigar con Walter Jara.
La ampliación de 1937. Empezamos la sesión a las 3:26 de la mañana. Había colchones de la época apilados y mucho frío. En uno de los baños, con dos Mel Meter separadas por casi un metro, las dos marcaron al mismo tiempo: la máxima fue 18,3 miligauss, y las dos volvieron a cero exactamente en el mismo instante. En ese baño no hay wifi ni nada que explique una variación así. No sentí nada en especial, pero esa fluctuación sincronizada me llamó mucho la atención.
La escalera de la silla de ruedas. Mientras Walter cambiaba baterías, me quedé solo en la entrada, sin cámaras ni medidores, y empecé a sentir algo que no esperaba: opresión, como si alguien me observara con ganas de que me fuera. En ningún otro lugar se había sentido así. Fui a buscar a Walter con los equipos y seguimos esa sensación hasta la escalera que está al lado de la silla de ruedas. Al cruzar la puerta, la Mel Meter pasó los 30 miligauss.
"En una investigación normal, cuando se dice que hay una entidad, se habla de 2, 3, 4 o 5 miligauss. Ver un número tan grande y poder compararlo con lo que yo estaba sintiendo solo en ese lugar fue increíble."
Para entender el número: estos equipos se disparan cerca de un cable de 220 voltios, un microondas o un wifi. Ahí no había nada de eso.
"Qué frío". Esa misma noche, cerca de la vieja lavandería, quedó grabada una voz de niño diciendo "qué frío". Ninguno de los dos la escuchó en el momento. Lo que la hace distinta es que la registraron cuatro equipos: mi cámara, la de Walter, mi grabadora y la de él.
El sótano. Según Walter, es la parte más pesada del preventorio: quienes bajan describen lo mismo, algo arrinconado que se agacha detrás de la escalera, y ahí las baterías cargadas al 100% se descargan a cero. Mucha gente dice que fue una morgue. No hay ninguna documentación de eso, y lo digo claro: es una tontería repetirlo sin pruebas. Lo que sí hay es un 666 pintado en la pared, símbolos y mucha cera de velas: cuando el lugar estuvo abandonado entró gente a hacer rituales.
Bajamos a las 4:46 de la mañana. Dejamos equipos en una camilla en el centro de la bodega y un aparato en la escalera, y pedí que, si había algo que le molestara nuestra presencia, los tocara, o que cerrara las pesadas puertas de roble. Se escuchó algo parecido al arrastre de una puerta, aunque arriba hay cemento. Apagamos la luz, hicimos una sesión de SB7. Nada más.
"No tengo con qué decir que en este lugar hay espíritus, ni demonios, ni mucho menos. Se hizo una investigación, se captaron las cosas que ustedes vieron y escucharon, y la decisión de si eso es paranormal la tienen ustedes."
Parte 3: la noche final
No solo investigamos: también dormimos adentro del preventorio. La tercera noche fue más casera, recorriendo con Walter el pabellón de observación, el salón de clases del segundo piso, la ropería y los dormitorios.
Walter conoce el lugar como nadie: estuvo años investigándolo. Contó que en una visita anterior, mientras acomodaba una cámara, su grabadora registró una voz masculina pidiendo "ayuda", que nadie escuchó en el momento. Y que la primera vez que llegaron, estando abajo, escuchó niños jugando en el piso de arriba; un compañero que estaba a su lado no los oía.
También me contó algo que me pareció muy interesante como método: un día se puso a anotar en cámara, del 1 al 10, cómo se sentía en cada lugar y a cada hora. Según su experiencia, de 11 de la noche a 2 de la mañana se siente pesadísimo, y después de las 3, la hora que todos dicen que es la peor, baja bastante.
Esa noche dejamos equipos a distancia para no contaminarlos, hicimos sesiones de Spirit Box y pedimos que alguien se sentara en una silla con un sensor. No hubo voces ni mediciones. Y eso también me deja conforme: quiere decir que los equipos no se disparan solos, y que si un día marcan algo, va a ser una evidencia en serio.
Lo que me llevo
El preventorio les dio una chance de vida a muchos niños: tres comidas al día, ropa, zapatos, educación y amigos, en años en que la pobreza y la mortalidad infantil eran terribles. Investigarlo es tocar esa historia, con respeto. De lo paranormal me llevo dos mediciones que no supe explicar, una voz grabada por cuatro equipos y una sensación que por primera vez pude medir. No es una prueba de nada, pero tampoco es poco.
Los videos

Parte 1: la historia y el primer recorrido · Ver en YouTube

Parte 2: la investigación y el sótano · Ver en YouTube

Parte 3: la noche final · Ver en YouTube
Con Walter volvimos a hablar del preventorio, de las psicofonías y de la enfermera gris que se le apareció en esa escalera, en el podcast: leé el resumen en el blog.
Si vas a visitarlo
El preventorio está en San José de Maipo, en el Cajón del Maipo, a algo más de una hora de Santiago. Pertenece a la Cruz Roja chilena y hoy se visita con recorridos guiados. Y como siempre: con respeto. Ahí vivieron cientos de niños, y lo que queda es de ellos.
🔦 ¿Viste la linterna en la portada? Uno de los registros escondidos es esta psicofonía: buscá la frase "¿Qué frío…?".